Imagen: La asunción de la Virgen María (ca. 1639) Guido Reni | © Alte Pinakothek and Wikimedia Commons
Artículo original publicado en la edición nº 273 de Magnificat. Agradecemos la generosidad de su editor que nos permite reproducirlo.
Con frecuencia ponemos muchas expectativas en el tiempo de vacaciones, tanto en las estivales como en las que van surgiendo durante el año. Así, por ejemplo, pensamos en descansar, convivir con los amigos y la familia en un ambiente tranquilo, divertirnos, realizar actividades especiales, viajes, etc. Pero, de hecho, lo que ocurre es que dichas expectativas a menudo no se cumplen tal como las habíamos imaginado. E incluso, para algunos, esos supuestos días de paz y armonía llegan a convertirse en tiempos de desavenencias y conflictos, de excesos y despilfarros, de tiempo perdido o aburrido, de desgaste físico y anímico, de descuido —a veces grave— de la vida espiritual y psíquica.
Vacaciones, un tiempo con sentido y esperanza
Estamos en una época donde somos capaces de medir el tiempo a niveles impensables: relojes que marcan hasta la última milésima de segundo, verificaciones y gráficos en tiempo real, notificaciones instantáneas. Sin embargo, ahora que es precisamente cuando mejor medimos el tiempo, resulta que vamos perdiendo y vaciando su sentido. Lo llenamos de prisas endémicas y de un vacío profundo, atándolo a un presente obsesivo y perturbador. De este modo, impedimos la memoria serena y purificadora de nuestro pasado y fomentamos las preocupaciones y la sospecha hacia el futuro.
El tiempo de vacaciones tampoco está exento de esta inmediatez que, intransigente con la lentitud, se resiste a la espera temporal y a un horizonte total de esperanza. Gracias a la fe, podemos abrir nuestro tiempo vacacional a una novedad, a una decisión libre que elige dotar a nuestro tiempo estival de pleno significado y sentido: «Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día» (2 Pe 3,8). Ya no se trata de la simple gestión de lo inmediato ni de exprimir angustiosa y eficazmente cada minuto, sino de disfrutar, de descansar, de recibir con paz y significado el contenido de nuestras vacaciones: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (…). Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,8-9).
Tiempo esencial para la salud del cuerpo y del alma
Quienes trabajan con intensidad y disponibilidad, respondiendo a las variadas exigencias de la vida, pueden acumular cansancio y desgaste, que a veces termina pasando factura a su salud y vida interior. Por eso, el verano es una época propicia para el descanso, al menos para los que tienen la posibilidad de tomar vacaciones. Y esto vale para todos, incluidos los sacerdotes y consagrados, para los que viven con un ritmo agotador y, en particular, para quienes, además de la familia, la casa y el trabajo, sostienen una apretada agenda de compromisos sociales, apostólicos, etc. Aceptemos la invitación del Señor: «Él les dijo: Venid vosotros a solas a un lugar tranquilo a descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer» (Mc 6,31).
Somos frágiles, candidatos a la depresión, al agotamiento y al aislamiento. Por ello, las vacaciones y el descanso son una exigencia de la propia misión cristiana. Lo hemos visto, por ejemplo, en los sacerdotes: quien no está bien en su vida personal, espiritual, física o psicológica, tendrá dificultades para ser feliz en su ministerio, y eso inevitablemente repercute en las comunidades. Nos lo recordaba san Pablo VI, quien felicitaba a quienes están en el «campo, la playa, la montaña, dondequiera que haya gente descansando, buscando un momento de paz y serenidad, energía renovada y salud para el cuerpo y el alma» (Ángelus, 6 de agosto de 1967).
Lugares que reflejan el evangelio
La playa, el campo, la montaña y los pueblos no son solo lugares de descanso y recreación, sino también escenarios de la presencia de Jesús, como veremos en los siguientes ejemplos. En el monte oró a su Padre (LC 6,12), se transfiguró ante sus apóstoles (Mc 9,2-13), alimentó con panes y peces a la gente (Mc 6,33-44) y enseñó a los discípulos y seguidores (Mt 6,1-2). En la playa y el mar, predicó a la muchedumbre (Mc 3,7-12), llamó a algunos apóstoles (Mc 1,16-20), manifestó sus milagros (Mt 8, 23,27, etc.). En el campo, el Señor charlaba con sus discípulos (Mt 12,1) y lo utilizaba para construir parábolas (Mt 21,32-46, etc.). Los pueblos eran visitados por él (Mt 9,35), en uno de ellos nació: Belén (Mt 2,5-8) y vivió en Nazaret (Lc 2,39); en muchos realizó milagros (Jn 4,46-47, etc.) y fueron ocasión de enseñanza (Mt 8,5-8, etc.).
Estos reflejos del evangelio pueden ser materia de oración para este verano. Textos que nos invitan a reflexionar sobre la vida —sus momentos más livianos o intensos, más alegres o dolorosos— y de este modo discernir su profundidad y esencia. Lugares privilegiados que nos mueven a contemplar el amplio horizonte de la existencia y las criaturas, el cual nos remite a su Creador y Señor.
Por P. Rafael Hernando de Larramendi, S. de J.
Capellán universitario de la Universidad Complutense de Madrid
