Foto: Una de las actividades del campamento de verano | © Parroquia Santos Apóstoles Felipe y Santiago el Menor

 

Eran las ocho y media de la tarde. El sol comenzaba a declinar pero la temperatura no daba tregua. El grupo de chicos, monitores y religiosos del campamento de verano de la Parroquia de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago el Menor, regresaba de misa camino a casa —veinte minutos o un poco más—. Las voces, que resonaban entre los olivos de un pueblo cercano a Toledo, entonaban el himno de la visita del Papa León a España: «Alza la mirada…». Este estribillo reflejaba el trasfondo del campamento de este curso: enseñar a mirar la belleza de la Creación de la mano de san Francisco de Asís y de George MacDonald. O, al menos, despertar el deseo.

 

Formar la mirada

 

Porque en el corazón de cada chico y chica habita un deseo de infinito que el simple transcurrir de la vida no logra colmar, es necesario enseñarles a mirar, pero no de cualquier manera. Una mirada capaz de alzarse y reconocer la belleza que los rodea. Una belleza que no es adorno ni recompensa, sino vía de conocimiento y autoconocimiento. En esto, los pequeños gozan de un privilegio que a veces «los sabios», los mayores hemos perdido: la receptividad (cfr. Mt 11, 25). Dicho con el papa León XIV, la música, el arte y la belleza nos ayudan a contemplar, «en un movimiento hacia Dios», lo mejor del ser humano (Saludo del Santo Padre, 18 de julio de 2026).

En contraste a la inagotable belleza, está el «scroll al infinito»: el consumo desmedido de los medios forma en los chicos una atención dispersa y voraz. La pedagogía de la belleza cultiva el deseo de detenerse y reconocerla. Este es, precisamente, uno de los aspectos originales de la formación del campamento de verano de la parroquia: detenerse a mirar y reconocer la semilla de belleza contenida en todo lo creado. De ahí que sentarse a escuchar La primavera de Vivaldi, a contemplar un cuadro de Velázquez, a leer el Cántico de las criaturas y La historia de Nycteris y Photogen sean medios para reconocer la belleza. Y también el simple caminar entre los olivos de Toledo o el contacto con las plantas en el taller de jardinería de la Fundación El Buen Samaritano.

 

«Hallar a Dios en todas las cosas»

 

Dentro de la pedagogía de la belleza, una de las voces destacadas es la de san Francisco, maestro, como san Ignacio, en «hallar a Dios en todas las cosas». Su voz, cercana y amada incluso por «muchos que no son cristianos» (Laudato si’, 10), nos enseña a descubrir el bello don que el Creador hace en cada criatura (cfr. Rm 1,20). «Alabado seas, mi Señor», canta el pobrecillo y cantaron los chicos y chicas cuando visitaron a los mayores de un centro de día.

 

© Parroquia Santos Apóstoles Felipe y Santiago el Menor_2

«En el corazón de cada chico y chica habita un deseo de infinito» | Foto: © Parroquia Santos Apóstoles Felipe y Santiago el Menor

 

 

Frente a las mareas del mundo

 

Los jóvenes han compartido un verano estupendo. Pero puede surgir un temor: ¿no será sólo un paréntesis bonito que se disolverá cuando vuelvan a clases? La respuesta reside en la responsabilidad de cada chico. En el campamento se han dado pinceladas y se han abierto los espacios para despertar el gusto por la belleza; consolidar el hábito, sin embargo, es tarea de cada día, parte de lo que Dios ha cedido a la libertad de cada uno.

Tal vez parezca que esta pedagogía de la belleza es un canto insignificante frente a las mareas del mundo. Pero no nos corresponde dominar el curso del mundo, como dice Tolkien, sino hacer lo que esté en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, dejando una tierra fértil para los que vienen después de nosotros (citado en Magnifica humanitas, 212). Y precisamente los que vienen después de nosotros son estos chicos y chicas.

 

Por César García
Estudiante de la Casa de Formación (Roma). Ha terminado sus estudios de Filosofía y ahora se encuentra preparándose para la etapa de Magisterio.

 

Compartir: