Imagen: San Ignacio (1964) escultura en bronce de William McElcheran para el Loyola House, Ignatius Jesuit Centre (Canada) | © Church Life Journal. McGrath Institute
Al término de los Ejercicios Espirituales, en la Contemplación para alcanzar amor, san Ignacio nos propone echar una mirada retrospectiva a los dones de creación, redención y particulares (EE 234) para ensanchar el corazón y elevar un canto de alabanza al Dios bueno que, derramando desde arriba su providencia (cf. EE 237), empapa nuestro barro tierno –agostado tal vez por la rutina y la falta de memoria– con su tersa lluvia.
En el Principio y fundamento san Ignacio nos hacía sentir y gustar internamente, con estupor agradecido, la acción continua del amor divino en cada uno: el hombre es criado. En la contemplación final de los Ejercicios quiere que nos centremos en el incansable trabajador que, estando presente y habitando en sus criaturas según el modo de cada una (EE 235), con sumo cuidado y gran delicadeza va realizando su obra en ellas. Cómo no estallar de gozo y cantar al unísono con las demás criaturas «¡Qué sudoroso y sencillo, te pones a mediodía, Dios de esta dura porfía / de estar sin pausa creando / y verte necesitando / del hombre más cada día!» (Himno de la Liturgia de las Horas).
Ofrecer con mucho afecto
Continuando con la contemplación, san Ignacio invita a ponderar, con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y cuánto me ha dado de lo que tiene y consecuentemente el mismo Señor desea dárseme (EE 234). Vemos aquí una expresión completa de lo que es la obra del amor de Dios en nosotros, y consecuentemente, las características de cualquier obra de amor: hacer cosas por otro, darle bienes y desear entregarse.
Como el amor consiste en dar y recibir, pues «no basta con dar las gracias / sin dar lo que las merece: / a fuerza de gratitudes / se vuelve la tierra estéril» (Himno de la Liturgia de las Horas), el santo propone, al reconocer tanto bien recibido, considerar con mucha razón y justicia lo que yo debo de mi parte ofrecer y dar a su divina majestad, es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas, como quien ofrece con mucho afecto (EE 234).
Tomad, Señor, y recibid
Desde esta perspectiva, la oración Tomad, Señor, y recibid, suena distinta. No es un ofrecimiento por amor, sino que es un modo concreto de amar. El amor –nos recuerda Ignacio– consiste en dar y comunicar «obras» y en hacerlo «obrando» de «modo amoroso». Por tanto, amar a Dios es darle con mucho afecto (modo de obrar) todo lo que hago y tengo.
Ahora bien, el hecho de ofrecer en primer lugar mi libertad (y no «todo mi ser» como se suele decir) ilustra bien cómo Ignacio refiere todo a lo concreto, a la acción. Lo decisivo en la acción del amor es, antes que nada, la libertad, elegir.
Entre la libertad que elige y mi haber y poseer que son elegidos, Ignacio pone memoria, entendimiento y voluntad, es decir, los medios para elegir y determinarse. Y como todo es vuestro, como todo es don que uno “retorna” a Dios, lo que se ofrece en el fondo es la disponibilidad: disponed a toda vuestra voluntad. Por ello, más que una obra, lo que le ofrecemos a Dios con mucho afecto es nuestra disponibilidad para decidirnos por él y obrar como a él le agrade. Para lograr esto, a él le pedimos su amor y gracia, que esta nos basta.
Los Ejercicios reconducen nuestra vida cotidiana y, al volver nuestra mirada hacia las criaturas en el espacio y tiempo en que nos movemos, pedimos la gracia de elegirlo a Él y elegir sólo lo que Él quiere. Su amor, que es gracia, nos basta.
P. José Enrique Guillermo Herrera, S. de J.
