Imagen: La solitude du Christ (1897) Alphonese Osbert | © Wikimedia Commons.
Un 25 de enero de 1971, en la fiesta de la Conversión de San Pablo, nuestro fundador, el P. José Manuel Pereda Crespo, dio comienzo, en la esperanza, a lo que hoy somos por la gracia y la misericordia de Dios: el instituto religioso Siervos de Jesús. En este 55 aniversario conviene contemplar nuestra historia a la luz de la esperanza siguiendo algunas intuiciones de Diego Fares, SJ († 2022), en su libro Formar el corazón en esperanza.
Memoria y esperanza
La esperanza es como un árbol: sus raíces, creciendo hacia el pasado, permiten que sus ramas se extiendan hacia el futuro. Por eso la esperanza necesita de la memoria: en primer lugar, de la memoria de la historia de la salvación, de lo que Dios ha obrado por todos, pero también, dentro de esa gran memoria primordial, de la pequeña memoria de la historia de nuestro instituto y de la historia personal de cada uno.
San Ignacio, en la Contemplación para alcanzar amor, nos invita a «traer a la memoria los beneficios recibidos de creación, redención y dones particulares, ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí» (EE 234), de modo que nazca en nosotros el agradecimiento y la decisión, llena de esperanza, de ponernos una vez más a disposición de Dios.
La memoria de lo que Dios ya ha obrado incluye la atención a las semillas que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestra historia. Están como escondidas, esperando para ser descubiertas, germinar y brotar. Son como el «tesoro escondido» o la «perla preciosa» que tenemos que atrevernos a buscar. Por eso también hay que mirar hacia nuestro pasado con la esperanza de encontrar algo nuevo, algo que quizá pasamos por alto.
Valorar el pasado
Por otro lado, puede ser que el trigo de Dios haya quedado oculto entre la cizaña. Por esto hay que poner atención a lo que es semilla y obra de Dios, aún en medio de nuestro pecado, nuestras ideologías y nuestros errores: «yo era un necio y un ignorante, | yo era un animal ante ti… de la mano derecha me has tomado; me guías según tus planes, | y después me recibirás en la gloria» (Sal 73, 22).
Finalmente, al extirpar la cizaña tengamos cuidado de no perder el trigo. La verdadera conversión sólo es posible en la esperanza. En la esperanza de mejorar, de que la obra buena de Dios será preservada, aunque tenga que pasar por el fuego que el Señor vino a traer a la tierra y recibir el bautismo que él recibió. (cf. Lc 12, 49-50). La verdadera conversión valora el pasado como providente preparación de Dios y lo rememora como gracia y como perdón de los pecados.
Unas palabras finales sobre nuestros religiosos mayores. El año anterior establecimos nuestra primera casa para nuestros religiosos ancianos y enfermos. Ellos son nuestra memoria viva, son como el fruto viviente, el resultado de nuestro modo de vida y nuestra historia. Son también como el espejo en el que pueden mirarse los jóvenes que, llamados por Dios, quieran formar parte de nuestro instituto. Dios nos conceda la conversión para que esos jóvenes, al mirarnos, puedan decir «yo, de mayor, quiero ser como ellos, tener la esperanza que tienen ellos».
Luis Guillermo Robles Prada, S. de J.
Vicario General de los Siervos de Jesús
